sábado, 19 de julio de 2014

Cuando nos disputamos la razón.

Cuando nos disputamos la razón



Querer tener la razón en todo es el comienzo de muchas dificultades. Para muchos es casi una consigna que nace de una profunda inseguridad. Tiene que ver más con el poder que con la razón misma. De hecho, la razón no le pertenece a nadie en particular. Lo que hay son distintas maneras de razonar, así que cada cual tiene la suya.

Hay razonamientos que son más válidos, por los soportes que los confirman. Pero particularmente en el mundo de lo humano, lo razonable o no razonable dista mucho de ser fácilmente definible. ¿Tienes tú razón al decirle a otro que no esté triste? ¿O es el otro quien tiene razones para no dejar de estarlo?... La pregunta entonces es: ¿Por qué algunos quieren tener la razón siempre, demeritando las razones de otros?

Las dictaduras mentales


Quienes siempre quieren tener la razón parten de la idea de que la verdad es un objeto sobre el que es posible tomar posesión. Es algo que “se tiene”, no que “se construye”. Esta creencia es de por sí falsa, en tanto todos sabemos que la verdad (incluso la científica) no es estática: cambia, se modula, se complementa o se rebate.

Lo que busca el “razonable compulsivo” no es exactamente proponer verdades más elaboradas. Su verdadero propósito va más bien en la dirección de silenciar otras formas de ver la realidad: otras verdades.

La ciencia, que tiene métodos precisamente para darle validez a sus hallazgos, tiene por premisa el escepticismo frente a sus propios postulados. Las grandes verdades no han sido construidas sobre la base de imponerse silenciando a los que esgrimen otros argumentos. Todo lo contrario. La ciencia se somete a sus propias pruebas de verdad. Cuestiona sus conclusiones. Las somete a nuevas pruebas.

Los razonadores de oficio, en cambio, dan por sentado que hay verdades inmodificables y que ellos son sus portadores. Con esa actitud solo se están protegiendo de la incertidumbre que está en el corazón de todo razonamiento, por más válido que sea.Sortean así su propia inseguridad. Las demás verdades no son motivos para ampliar su razonamiento, sino amenazas que deben silenciarse.

Hay que darle la razón al que la necesita


Cuando hablamos de personas que siempre quieren tener e imponer la razón, estamos hablando en últimas de intolerancia. De gente con convicciones ideológicas de piedra que teme lo diferente. No tienen un pensamiento libre y abierto, sino que viven presos de su forma de pensar.

En realidad, se hacen más daño a sí mismos del que podrían hacerle a los demás. Su incapacidad de escuchar los aísla. Su dificultad para comprender los estanca. Su marcada tendencia a imponerse en lugar de hacerlos más fuertes, los convierte en gente altamente vulnerable. Generalmente se sienten atormentados cuando no logran unificar el pensamiento de los demás y son excesivamente sensibles a la crítica.

Aceptar las ideas de los demás, y a los demás, no es tan difícil como algunos suponen. Basta sencillamente con no reaccionar a las palabras o actitudes de otros. No es necesario que adoptemos o validemos sus creencias, simplemente que seamos conscientes de que tienen derecho a expresarlo y que no es nuestra obligación controvertirlos. ¿Por qué una opinión contraria a la nuestra tiene que causar disgusto?

Te sorprenderías lo mucho que puedes aprender cuando adquieres la capacidad de escuchar a los demás, sin buscar sus equivocaciones, sino sus aciertos. También te darías cuenta de que eso mejora tu carácter y te hace sentirte más estrechamente unido con la raza humana. Inténtalo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario